No disputemos, miremos

Porque nada hay oculto sino para ser descubierto, y no hay nada escondido sino para que venga a la luz. 
 Marcos 4, 22

A veces sueño que la oscuridad y el silencio, aquellos viejos cómplices de la mentira, aguardaban pacientemente el momento de reinar sobre todos nosotros gracias a un simple cambio de alianzas, abandonando sin remordimientos al engaño para formar un pacto letal con la verdad. Todo empezó, creo recordar, cuando, conscientes de que toda la realidad física podía reducirse a simple información y de que la información no se pierde en nuestro Universo, los científicos encontraron un método para recuperar sonidos del pasado. Aunque causaron sensación, los primeros éxitos experimentales fueron más bien poca cosa, apenas la demostración de que las palabras pronunciadas por un físico unos momentos atrás podían volver a escucharse sin que hubieran sido grabadas utilizando alguno de los muchos procedimientos conocidos. Esto era nuevo. Reducidos a magnitudes físicas y tratados con los adecuados algoritmos de compresión, los sonidos emitidos alguna vez podían ser capturados y nuevamente reproducidos. El tiempo que se interponía entre ellos y nosotros sólo afectaba a la dificultad de localizar aquello que se buscaba pero no a su captura misma. Nada había desaparecido, todo estaba ahí, en espera de que una buena búsqueda lo encontrara. La conmoción ante el magnífico logro ahogó las primeras inquietudes ante lo que los más lúcidos intuían que se avecinaba. Nadie quiso escuchar ni recuperar sus palabras. Casandra mordió el polvo una vez más.

Pero apenas la noria dio una vuelta cuando ya estaba en boca de todos la nueva gran noticia: el nuevo método no sólo era aplicable a sonidos, sino también a imágenes. Ya no sólo era posible escuchar sino también ver. Unos superhologramas tridimensionales reproducidos en el interior de grandes cilindros comenzaban a permitir que un mundo maravillado contemplara imágenes de un mundo pasado, aunque ya no para siempre. Situándose en el área central del cilindro, el observador parecía totalmente sumido en otra realidad, que podía ver y oír pero no alterar ni resultar dañado por ella. Era como un viaje en el tiempo pero con la ventaja de que no violaba ninguna ley conocida de la Física.

Borrosas al principio, mucho más nítidas después, las imágenes de un mundo pasado que volvía a la vida fascinaron a las multitudes. Como un niño al que regalan inesperadamente un complejo juguete, al principio la Humanidad no supo muy bien qué hacer con el nuevo descubrimiento. Durante un tiempo pareció suficiente con sorprenderse con las visiones aleatorias que los físicos cazaban al azar. Pero pronto, al perfeccionarse la técnica y mejorar extraordinariamente la precisión en las búsquedas, las cosas se aceleraron. Los historiadores de todo el mundo vieron repentinamente abiertas las puertas de la verdad y exigieron pasar triunfalmente bajo su dintel. Ya no había misterio de la historia que se pudiera resistir a la curiosidad ni teoría especulativa que no se pudiera comprobar, pues, como resumió el célebre Jorge Delara en una famosa frase, ya no eran precisas las largas e inacabables controversias sobre los más variados aspectos del pasado sino tan sólo afinar los parámetros correctos y recuperar los correspondientes superhologramas. “No disputemos más, miremos”, afirmó Delara con acierto, y así fue.

Dudas, embrollos, complots, conspiraciones..., toda la niebla acumulada en siglos y siglos de historia humana quedaron a merced de los que quisieran mirar. Era raro, era complejo, pero ya no era imposible. ¿Quien mató a Kennedy? Se acabaron las especulaciones, en el interior del gran cilindro la verdad relució a todo color. ¿Quien estuvo detrás de la bomba sucia que destruyó La Meca en 2021? Aunque ya se sabía, las imágenes y las conversaciones recobradas señalaron implacables a los responsables. Los neandertales, Tutankamon, el primer emperador de China, todos fueron apareciendo, conmoción tras conmoción, en el cilindro mágico.

Pero nada era fácil, ni rápido, ni barato. Historiadores y científicos se disputaban los tres cilindros que se habían construido hasta el momento. Para cuando esto ocurrió ya el mundo contenía el aliento, excitado y asustado. No había vuelta atrás y no se podía parar. Las masas exigieron más. La tecnología se divulgó y miles de empresas y emprendedores, como no podía ser de otra manera, quisieron sacar provecho de aquel frenesí. Como si se tratara de prímulas en primavera, en un tiempo récord proliferaron nuevos cilindros. Y aquí, por si alguna duda quedaba, es donde la Ciencia acabó por esfumarse y comenzó sin ninguna clase de escrúpulos el maravilloso mundo del espectáculo. Se alzaron cada vez más voces intentando evitar lo inevitable, y se intentó legislar alguna medida de contención, pero todo resultó inútil.

El gran público estaba hipnotizado, atraído como una polilla en torno a la luz del gran cilindro, desarrollando un gusto cada vez más alambicado y caprichoso, como gourmets ansiosos por nuevas delicatessen. Cada nuevo proceso de búsqueda tenía que proporcionar un resultado más espectacular, más sorprendente, más anonadante. ¡Más difícil todavía!, y se puso en marcha un negocio de beneficios estratosféricos. ¿Cómo era el rostro de Cleopatra? Pronto se la pudo ver, de niña, de adolescente, de adulta, maquillada, sin maquillaje, con César, sin César, vestida, desnuda y de otras muchas maneras. ¿Cómo fue su primer encuentro con Marco Antonio? ¿Qué se dijeron? El cilindro fantástico contestó a estas preguntas y a muchas más. ¿Cuál era la auténtica identidad de Jack el Destripador? Pues si lo quieren saber miren con atención porque aquí no hay escapatoria ni excusa que valga: hoy Jack el Destripador va a dar la cara. ¿Prefieren ver a los dinosaurios como jamás pensaron que los podrían ver? ¿Han visto ya a los mamuts? ¿Cómo, que todavía no los han visto? Pues oiga, será porque no quieran, porque aquí lo tenemos todo a su disposición.

Todo salía ahora a la luz. Pero eso no era bastante. Había tanto por saber... Se enunciaron nuevas preguntas y hubo nuevas respuestas. ¿Pronunció Jesús el Sermón de la Montaña? ¿Cómo fue la Crucifixión? ¿Voló Mahoma a Jerusalén en un corcel alado? ¿Lo quieren saber? Pues miren y sepan, de una vez y para siempre.

El pasado fue saqueado y expuesto sin tapujos a la vista del presente. Puede ser que fuera desagradable y embarazoso, pero resultaba ser la verdad. No lo que uno preferiría creerse, sino la verdad. No lo que debería ser, sino sola y únicamente la verdad. Los seres humanos tal y como son, haciendo lo que sabían que se veía y también lo que jamás creyeron que pudiera llegarse a ver. Lo que en su momento fue soledad se poblaba retrospectivamente de millones de ojos ansiosos por no perderse ni un detalle. Personas olvidadas volvían a ser héroes, caían mitos, se recuperaban bellezas olvidadas, se desacreditaban otras recordadas, se destruía la religión, se convulsionaba la especie humana. Pero por encima de todo se disponía de la forma perfecta de satisfacer las más bajas (¿auténticas?) pasiones. ¿Quieren sexo? Vean a sus propios padres el día de su concepción y guárdenlo como preciado tesoro familiar. ¿Es demasiado fuerte para ustedes? Pues busquen y vean, que millones de años de evolución dan para todo. ¿Quieren ver a Nabucodonosor y sus cientos de concubinas en acción? ¿Prefieren una auténtica orgía romana, con Calígula como protagonista? ¿A Alejandro Magno y a Hefestión? ¿A Xuanzong con Yang Guifei? ¿A Evita con Perón? Pues aquí lo tienen porque todo es poco para ustedes.

Pero claro, el sexo no lo es todo. ¿Desean tal vez sus señorías algo más... digamos... fuerte? Con fines científicos, por supuesto. Conocimiento histórico y nada más. Pues aquí está, el circo romano y sus gladiadores vuelven a la vida sólo para su placer, ¡huy, perdón!..., quiero decir para su conocimiento. Siéntanse como un nuevo Nerón, con la única desventaja de que aquí mover el pulgar no sirve de nada, ni para arriba ni para abajo, porque el pasado pasado está y ni los dioses pueden cambiarlo. O sí, que todo se andará.

La violencia, vetada únicamente a los menores de edad, resultó ser una mina de purísimo oro que revertió al negocio en forma de grandes inversiones con las que comenzar la construcción de cilindros gigantes en los que, con fines meramente educativos, pudieran visionarse algunas de las más emocionantes batallas de todos los tiempos. Waterloo, Gengis Kan asolando Samarcanda, la toma de Cartago, la caída de Roma, Atila en los Campos Cataláunicos, los mongoles a las puertas de Bagdad... ¿Por qué poner límite a las actividades formativas? Algunos avispadísimos inversores dotados de un poco más de ambición comenzaron a considerar la posibilidad de reproducir la erupción del Vesubio que sepultó a Pompeya o la bomba atómica de Hiroshima, aunque, claro, para esto se requerían cilindros del tamaño de una ciudad o más. Y ya puestos, ¿por qué dejar las grandes maravillas cósmicas al margen de tan magnífico negocio? Varios ingenieros espaciales andaban ya trabajando en ello y diseñando los primeros prototipos cuando, casi repentinamente, todo se acabó.

Ahora ya todo pasó. Una aprensión que comenzó sorda e inaudible al principio ha acabado por dominarlo todo y a todos. No son solamente aquellos que vivieron antes que nosotros los que han perdido toda intimidad: en el aquelarre grotesco en el que la asesinamos destruimos también la nuestra y la de todos aquellos que nos seguirán. ¿Qué les impide a otros, incluso a nuestros contemporáneos, mirar en el interior de nuestra alma, de nuestra vida y de nuestra muerte, de nuestro amor, de nuestra soledad, si todo ello ha sido barrido para siempre jamás? Todos somos carne de historia porque el tiempo es como el tabaco y mata. Tal vez seamos la diversión clandestina de cualquiera que ocupe nuestro lugar en este mundo cuando nosotros ya no estemos. Si somos conscientes de que vamos a fallecer en un incendio o en algún accidente terrible, esperemos tener la presencia de ánimo suficiente para sonreír mirando a la cámara que puede estar en cualquier lado y que no está en ninguno en realidad. Si hemos de servir de diversión a los demás, salgamos por lo menos favorecidos en la gran película de la Historia. Atúsense el cabello cuando comience por sorpresa un terremoto. Apaguen las luces cuando hagan el amor y, además, procuren no hacer ningún ruido. No olviden que el ojo que todo lo ve es también el oído que todo lo oye. No es que ahora estemos viviendo en la resaca de lo que pasó. Esa descripción no sería exacta. Ahora, en realidad, vivimos en el miedo. Ya no existe, ni nunca más podrá volver a existir, la soledad. Ni siquiera cuando estén completamente solos podrán estar seguros de que grandes multitudes no les contemplan en diferido. ¡Cuidado con las imágenes, cuidado con los sonidos, cuidado con la vida! Tal vez es mejor limitarse a pensar inmóviles en vez de ir dejando imágenes por ahí. Pero, ¿quién asegura que una tecnología del futuro no será capaz también de capturar nuestros pensamientos y de reproducirlos después? ¡Qué resaca mortal! Oscuridad y silencio, eso es lo que nos queda.

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