Payasos y monstruos




Acaba de concluir la primera visita oficial a España en 15 años del dictador guineano Teodoro Obiang Nguema. Ha sido recibido oficialmente por el Rey y por el Presidente del gobierno, aunque hubo de cancelar su visita al Congreso ante las protestas que se anunciaron. El informe de Amnistía Internacional sobre el régimen dictatorial que gobierna desde hace años Guinea Ecuatorial y sobre las violaciones masivas de los derechos humanos en ese país no deja lugar a dudas. Sin embargo, se ha intentado poner sordina a las críticas. ¿La razón? Guinea Ecuatorial (un país que se ha de encontrar en el mapa con la ayuda de un microscopio atómico) tiene importantes reservas de petróleo, de hecho es el tercer productor de África, aunque los beneficios están en manos de la familia de Obiang y de otros miembros de su régimen.


Pero no es exactamente de Teodoro Obiang de quien deseo hablar. Deseo hablar de un libro en el cual se aborda la megalomanía y la crueldad de éste y otros dictadores africanos que lograron enriquecerse al tiempo que convertían la vida de sus conciudadanos en un verdadero infierno. Me refiero al libro del antropólogo Albert Sánchez Piñol “Payasos y monstruos”, una obra dedicada a abordar las figuras de Idi Amin Dada, Bokassa, Kamuzu Banda, Mobutu Sese Seko, Sékou Touré, Haile Selassie, Macías Nguema y el propio Teodoro Obiang Nguema. La simple mención de sus nombres evoca en cualquier persona mínimamente informada todo el terror de las peores pesadillas del tercer mundo, pero al mismo tiempo nos muestra el lado más ridículo de unos seres infames a los que el poder hizo creer que eran excepcionales.

El propio autor lo explica así:

Esta es la historia de unos hombres mediocres. Eran unos ignorantes y se invistieron maestros. Eran unos cobardes y se hicieron pasar por héroes. Eran seres insignificantes y se creyeron dioses. Ésta es la historia de un puñado de dictadores africanos.

Se presentaron ante los suyos, y ante el mundo entero, como seres dotados de cualidades excepcionales. En justa correspondencia con sus supuestos méritos, se otorgaron títulos altisonantes, como Líder de Acero, Milagro Único o Señor de Todas las Bestias de la Tierra y Peces del Mar. Se hicieron transportar en silla gestatoria. Obligaron a todo un pueblo a dedicarles plegarias. Colgaron sus retratos en escuelas, iglesias, tabernas y burdeles. Dieron su nombre a calles y universidades, y también a islas y lagos.

Nada resultaba imposible para estos individuos: podían trasladar la capital de su país a un villorrio o depositar el tesoro del banco nacional en los subterráneos de su casa. Eran capaces de imponer la presidencia de una bruja en una sesión parlamentaria, o de proponer en matrimonio a otros jefes de Estado... de su mismo sexo. Sus países sólo eran conocidos porque ocupaban los últimos puestos en el ranking del desarrollo mundial, pero ellos se proclamaban emperadores de imperios fantasmagóricos. Cualquier capricho se convertía en realidad por obra de su voluntad.

Eran mediocres, pero también eran monstruos. Y en el monstruo la extravagancia es inseparable del espanto. Sus súbditos conocieron todo el espectro de los horrores. Los monstruos podían expoliar, torturar y matar tanto como les apeteciera. Nunca, en ningún sitios, las galerías de los payasos crueles y de los déspotas risibles se han fusionado con tanta brutalidad.
(p. 11-12)

El libro puede dividirse en dos claras partes: la primera, en realidad casi toda la obra, está dedicada a mostrar a los payasos en toda su ridiculez; la segunda, las páginas del epílogo, está consagrada a los monstruos, o mejor, al recuerdo de las víctimas y a la reflexión sobre lo que ha sido y es hoy África, y a la responsabilidad de Occidente en la tragedia colosal e imparable de ese continente atormentado.

El mismo autor deja clara la división del libro en esas dos mitades desiguales, no sólo con el título o con el cambio de tono (sarcástico en la primera parte; serio y convincente en la segunda), sino con una mención expresa en el comienzo del epílogo:

En el capítulo dedicado al emperador Calígula, en su "Vida de los doce césares", Suetonio divide la narración con el punto y aparte siguiente: “Hasta aquí hemos hablado del príncipe. Ahora hablaremos del monstruo”. Siguiendo esta magistral lección, nos basta con alterar ligeramente el enunciado: “Hasta aquí hemos hablado del payaso. Ahora hablaremos del monstruo”.
(p. 189)

Aunque el autor no hiciera esta mención expresa de sus intenciones, ésta sería fácilmente perceptible por el cambio absoluto de tono del libro. Como he dicho, la primer parte de la obra, la dedicada a los payasos, está redactada con un sobresaliente sentido del humor. Sería más exacto decir que Sánchez Piñol tiene un verdadero talento para el sarcasmo y la ironía, y esta galería de dictadores africanos ofrecía una oportunidad magnífica para que la ejercitara. De hecho esa sería, tal vez, la única crítica que le haría: yo no dudo de la sinceridad de sus intenciones, ni dudo de que su deseo es, a su manera, contribuir a través de la crítica a la consecución de lo que podríamos llamar “otra África”. Pero también, desde un punto de vista literario, es una gran exhibición del talento para la ironía del autor. Esto domina hasta tal punto la obra, que, aunque facilita la lectura y la convierte en un divertido placer, ocasiona cierta impresión de ser el verdadero objetivo del libro.

En cualquier caso es un libro a la vez divertido y bien escrito, y que aborda un tema sobre el cual se nos pretende empujar a una reflexión más profunda. Y lo consigue.

Si tuviera que quedarme con un fragmento que en cierto modo pueda resumir la obra entera, yo elegiría la coronación del “emperador” Bokassa I, tanto por su significación como por la descripción que de ella hace Sánchez Piñol:


Por fin, Bokassa anunció a Giscard d'Estaing su propósito de hacerse coronar emperador. ¿No le parecía una buena idea reproducir el imperio napoleónico en el centro de áfrica? ¿Un imperio con toda la pompa y el esplendor del siglo XIX? Como buen político, D'Estaing sólo formuló objeciones colaterales. El acontecimiento será muy bonito, efectivamente, vino a decirle el francés. Tu país es uno de los más pobres del mundo, arrastra una deuda de 70.000 millones de francos, la coronación será carísima, los periodistas de todo el planeta se reirán de ti y, por extensión, de mí, hasta el día del juicio final. Si no tenemos en cuenta todos estos factores secundarios, ¿no sería mejor una cosa modesta y tradicional, a la africana?

¿Modesta? ¿Tradicional? Poco después Bokassa establecía relaciones con la Libia de Gaddafi. Siempre se había referido a D'Estaing como “mi primo”, ahora consideraba a Gaddafi un “hermano”. Bokassa se convirtió a la fe musulmana. Su nuevo nombre, Salaheddin Ahmed Bou Kassa. A la bandera de la República, que ya era sobradamente vistosa, le incorporó una media luna. Y se decidió a aplicar en Centroáfrica las “ideas revolucionarias de la Jamahirya Arabe Libya, auténticamente africanas y nacionalistas”. Pero los planes para coronarse emperador continuaban intactos. Los franceses, temiendo que Bokassa cambiara de bando, no sólo dieron el placet a la entronización, sino que ofrecieron los créditos necesarios para llevarla a cabo con la imprescindible Los libios seguían atentamente el caso y aprobaron lo que, contradiciendo todas las experiencias políticas previas, sería el primer imperio revolucionario de la historia. Bongo aplaudió con fervor. (Bokassa y Bongo eran muy amigos, recordémoslo).

No se ahorraron gastos: todo el presupuesto anual del Estado se perdio en un solo día, el 4 de diciembre de 1977. El pintor Hans Linus trabajó en dos retratos del emperador Bokassa I. El trono, de dos toneladas de peso, fue bañado en oro. Se consiguieron treinta caballos de pura raza normanda. (Por desgracia en el trópico hacía más calor que en Normanda la mitad falleció antes de la ceremonia). La corona y la capa pretendían ser réplicas exactas de las que lució Napoleón. Como colofón, se compusieron diversas marchas imperiales y una Oda a la coronación (...)

Se invitó a las autoridades mundiales. En este aspecto, no obstante, la entronización resultó un fiasco. Una tras otra , todas las monarquías del planeta excusaron amablemente su ausencia. Desde el sha de Persia hasta la familia imperial japonesa. La única gran potencia que aceptó el convite fue Liechtenstein, en la persona del príncipe Emmanuel. No apareció ningún presidente de Gobierno en activo, ni siquiera Bongo (aunque eran muy amigos, Bongo refería contemplar qué le pasaba a Bokassa desde la barrera). Hasta dos de sus aliados más próximos, Idi Amin y Mobutu, declinaron el compromiso. Bokassa se limitó a menospreciarlos:

Me envidian, porque yo tengo un imperio y ellos no.

Respecto al Santo Padre, no fue tan fácil esconder la desilusión. Bokassa insistió, pero la diplomacia vaticana tenía dos mil años de experiencia y alegó que Pablo VI era “demasiado viejo para este viaje”.

En cuanto a los detalles de la ceremonia, se trató del típico ritual imperial. Bokassa I se paseó con su caravana de Mercedes, dándose el típico baño de multitudes (miles de centroafricanos se distribuían entre gigantes letras B de cartón piedra). Se corearon los gritos típicamente espontáneos: “Viva el emperador Bokassa I”. Se hizo el típico oficio religioso y el típico juramento en el que Bokassa I se comprometía a defender el imperio “de acuerdo con los sagrados ideales del partido único”. Y a la hora de comer, típicamente, se estropeó el aire acondicionado.

Por la noche tuvo lugar la cena de honor (...). Cuando el ágape tocaba a su fin, Bokassa preguntó a Galley, en susurros, si la comida era de su agrado. Éste contestó afirmativamente. Y de forma todavía más confidencial, Bokassa le comentó:

Pues no se lo digas a nadie, pero estas comiendo carne humana.

Era una broma.
(pag. 48-51)

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